¿Rosado o azul?

El concepto de sexualidad es diferente al de sexo. El sexo es el conjunto de características biológicas que nos definen el espectro humano (o animal) como hembras o machos. En cambio, la sexualidad es la relación de un individuo con el mundo basado en su género, y se expresa en todo lo que somos, sentimos y hacemos.

Una de las preocupaciones recurrentes de muchos padres en los primeros años de vida de sus hijos en lo respecta a la sexualidad, es la de saber reconocer si su niño o niña tiene una predisposición homosexual por conductas «peculiares» que observan en ellos. Ante todo, debe aclararse que la homosexualidad, como un estilo de vida que el individuo adopta de pleno derecho, según sus necesidades y preferencias, es reconocida por la Organización Mundial de la Salud como tal en individuos que comparte relaciones sexuales con personas del mismo sexo por más un período mayor de 3 años, después de cumplida la edad de 21 años. Esto nos da una idea de lo equivocada que puede ser la idea de que un niño tenga alguna tendencia que pueda catalogarse como homosexual.

Los niños no tienen necesidades fisiológicas de tipo sexual. Los niños exploran, y exploran todo el tiempo. Inclusive exploran sin medir peligros, así que jugar con roles del género opuesto es muy probable. Inclusive en la adolescencia, cuando el interés sexual se despierta, es posible la exploración con personas del mismo sexo, sin que ello signifique que el joven sea homosexual.

Ante todo, debemos dejar a un lado nuestra visión y paradigmas de adultos a la hora de juzgar la conducta de los niños. Es importante reconocer los gustos, inclinaciones vocacionales y la sensibilidad del niño, más allá de los estereotipos sociales, porque ello no define las preferencias sexuales en el futuro. No podemos negar a los niños sensibles su libertad de expresar y vivir su naturaleza, pues serán quizás grandes artistas del mañana, así como no debemos doblegar el espíritu libre y luchador de una niña porque su fuerte carácter nos recuerde más al de un varón,  ya que podría ser una futura líder que luche por el bien de nuestra sociedad, o una grandiosa deportista, sólo por decir unos ejemplos. La mejor forma de conducir esas actitudes es canalizándolas en grandiosas aptitudes. Si el niño tiene interés por lo estético, puede llevarlo a clases de música o de pintura para que drene esa creatividad. Si la niña es muy activa y ruda, probablemente llevarla a practicar algún deporte permita canalizar de forma disciplinada esa energía. 

No encasillemos a las personas por lo que hacen. Evitemos decirle «varoncito» a la niña que gusta jugar con pelotas, o a los niños llamarlos «hembritas» por jugar a la casita, ya que ello, en lugar de cambiar su conducta, puede crear confusión en su identidad, trastornar su desarrollo integral, y afectar su autoestima.

La clave para entender si el pequeño se aparta o no en cierto grado de lo esperado para su género, está en la capacidad cognitiva propia para su edad de reconocer lo que socialmente les corresponde a los niños o a las niñas, a los hombres o a las mujeres. Por ejemplo, si a los 2 o 3 años el niño desea ponerse los zapatos de tacón de su mamá, esto no debe significar ninguna alarma, pues a esa edad, él no piensa que esa prenda es propia de las mujeres. El pequeño sólo ve en ellos una forma divertida de caminar, y por supuesto, quiere saciar su curiosidad. Pero un niño de 6 o 7 años si está claro de la identificación femenina que representa esos zapatos, y si tiende a utilizarlos, en ese caso tendría una connotación diferente, porque ya él conoce que eso es propio de mujeres. Sin embargo, aún en este caso, no define una tendencia, ya que puede significar una falta de refuerzo de la presencia de la figura masculina en la crianza del niño, y en ese caso, simplemente el niño imita lo que más ve, como forma de sentirse integrado a la familia o a su grupo más íntimo. Si en la casa falta el padre como modelo masculino, el niño puede encontrar una referencia en un tío, un amigo, o un hermano mayor o un abuelo.

Suele preocupar mucho y despertar alarmas cuando el niño empieza a gesticular con ademanes propios del género opuesto, y la primera reacción de sus padres suele ser de reprimenda por la conducta, bien sea por las maneras de moverse o de hablar del niño o niña. Pero en esos casos también debemos observar el entorno en el que se está desarrollando el niño. ¿Tiene un modelo a seguir acorde con su género?

Una forma de corregir su conducta es hacerle notar que la tiene, de una forma constructiva, sin ser ofensivo ni lastimar su ego. Puede por ejemplo, hacerse uso de juegos de roles, donde el niño pueda apreciar lo raro e incómodo que es ver a sus padres comportándose de una forma que no es acorde a lo usual.

Las correcciones deben hacerse sin ansiedad, por que buscamos que el niño sea orientado, y no oculte ante nosotros tendencias naturales a actuar. Sin embargo, debemos respetar siempre el proceso de autodescubrimiento y aprendizaje, desde los primeros años de vida. Nuestro interés, como padres, es orientar al niño en esa exploración, con el propósito de prevenirle sufrimiento emocional en el camino. Sin embargo, no olvidemos que la vida está llena de opciones, y mientras las decisiones sean tomadas desde nuestra propia conciencia, seguirá siendo nuestra vida.

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