Aprender a cultivar la paciencia puede hacer una gran diferencia en nuestro futuro.
Lo único que nos permite evolucionar y disfrutar al máximo de este viaje que representa la vida es la actitud con la cual vamos a enfrentar sus vicisitudes, retrasos y complicaciones típicas.
El ser padre y criar a nuestros hijos realmente es un gran desafío, y a la vez una aventura, con una ruta y estilo específico para cada familia, la cual es un universo particular, a pesar de existir similitudes entre dos hogares.
Una de las prioridades en la paternidad es poder brindarles todo lo que necesitan, desde alimentación, ropa, salud, educación, amor, compañía y aquello que requieran para su crecimiento integral. Muchas veces partimos suponiendo que debemos dar a nuestros hijos aquello de lo que nosotros nunca tuvimos, imaginando que de esta forma crecerán conformes con la vida y con las directrices impartidas por nosotros.

Pero en esa tendencia, cada vez es más creciente la cantidad de niños a los que les cuesta esperar para satisfacer sus necesidades, produciendo en ellos un estallido emocional producto de la poca tolerancia a la frustración.
Cuando un niño exige algo a los padres, y este último, por considerarlo insignificante, lo complace de manera casi instantánea y de manera muy frecuente (ya sea para que lo deje continuar en sus actividades diarias o para que deje de molestar) le está alimentando una conducta negativa que a la larga le va a crear un gran problema con el niño
Por ejemplo, un niño que constantemente recurre al llanto para pedir agua, un juguete o atención, empleará este recurso de manera insistente hasta que logre movilizar a algunos de los padres para ver cumplido su deseo y, si además nosotros se los damos a la «velocidad de la luz» para que no siga con presionando con su conducta, estaríamos reforzando ese comportamiento.
Nuestro accionar sería similar a colocar un paño de agua caliente al asunto que eventualmente explotará, porque no siempre estaremos dispuestos ni tendremos las mejores condiciones para satisfacer sus deseos. Por eso es vital tener conciencia de nuestra intención y claros los objetivo al calmar sus demandas.
La prueba de los bombones
Imagínate que tienes 4 años y alguien te hace la siguiente proposición: Si esperas a que esa persona termine la tarea que está haciendo, podrás recibir 2 bombones de obsequio. Si no puedes esperar, solo conseguirás uno, pero podrás recibirlo de inmediato. Este es un desafío que sin duda pone a prueba alma de cualquier criatura de 4 años, quien apenas empieza a definirse de bando dentro de la eterna batalla que existe entre el impulso y la restricción, el deseo y el autocontrol, la gratificación y la postergación. La elección que haga el niño ante esta propuesta constituye una prueba reveladora: ofrece una rápida interpretación no solo del carácter, sino también de la trayectoria que probablemente seguirá a lo largo de su vida.
Tal vez no existe herramienta psicológica más importante que la de resistir el impulso. Allí radica todo autocontrol emocional, dado que las emociones nos conducen a la acción.
Un importante estudio iniciado por el psicólogo Walter Mischel en la década del setenta en un jardín de infantes del campus de la Universidad de Stanford planteó este desafío del bombón a un grupo de niños de 4 años.
Durante la prueba, algunos de estos niños fueron capaces de esperar los interminables 15 minutos que el experimentador tardó en regresar. Con el fin de ayudarse en su lucha, se taparon los ojos para no tener que ver la fuente de la tentación, o apoyaron la cabeza en los brazos, hablaron solos, cantaron, jugaron con las manos y los pies e incluso intentaron dormir. Estos valientes niños en edad preescolar consiguieron la recompensa de 2 bombones. Pero otros, más impulsivos, se apoderaron del único bombón, casi siempre pocos segundos después de que el adulto saliera de la habitación.

Luego, durante algunos años se siguió la trayectoria de los niños sujetos a esta prueba hasta que ellos terminaran la escuela secundaria. Entonces, el experimento demostró lo fundamental que resulta la capacidad de contener las emociones y, de ese modo, demorar el impulso a obtener gratificaciones inmediatas, resaltando la importancia de la paciencia como virtud.
Ahora esos niños eran adolescentes, y la diferencia del desempeño emocional y social entre los que se apoderaron del bombón de manera inmediata y los que demoraron la gratificación fue notable.
Los que habían resistido la tentación a los 4 años, eran más eficaces en su desenvolvimiento personal o social, eran más seguros de sí mismo, y más capaces de enfrentarse a las frustraciones de la vida. Ellos tenían menos probabilidades de derrumbarse, paralizarse o experimentar una regresión en situación de tensión, o ponerse nerviosos y desorganizarse cuando eran sometidos a presión; aceptaban desafíos y procuraban resolverlos en lugar de renunciar, incluso ante las dificultades; tenían fe en ellos mismos y eran confiables; tomaban iniciativas y se comprometían en proyectos. Más de una década después aun eran capaces de postergar la gratificación para lograr sus objetivos.
En contraposición, aproximadamente la tercera parte de los chicos (los que habían optado por el bombón instantáneo) mostraron estas cualidades en menor medida y compartían perfiles psicológicos relativamente más conflictivos. Durante la adolescencia mostraron más inclinación a rehuir los contactos sociales; a ser tercos e indecisos; a sentirse fácilmente perturbados por las frustraciones; a considerarse «malos» o inútiles; a adoptar actitudes regresivas o quedarse paralizados por el estrés; a ser desconfiados y resentidos por no obtener lo suficiente; a ser propensos a los celos y a la envidia; a reaccionar de forma exagerada ante la irritación con actitudes bruscas, provocando así discusiones y peleas. Y aún después de todos esos años seguían siendo incapaces de postergar la gratificación.
Lo que se manifiesta de forma leve en los primeros años de vida alcanza una amplia gama de habilidades sociales y emocionales a medida que pasan los años. La capacidad de retrasar el impulso de autosatisfacerse es la base para alcanzar todo tipo de metas: desde culminar una dieta logrando el peso deseado hasta obtener el título de médico. Algunos chicos, incluso a los 4 años habían dominado lo esencial: eran capaces de interpretar la situación en donde la postergación resultaba una oportunidad, apartando su atención de la tentación que tenían a mano, y de distraerse mientras conservaban la necesaria perseverancia con respecto a su objetivo a «mediano» plazo: los 2 bombones. Es decir, estaban entendiendo el poder de la paciencia, y a la vez ya sabían cómo implementarla. De esto último en particular profundizo en el segundo capítulo de mi libro EL PODER DE LA SERENIDAD: la psicología en tiempos de crisis, brindando unas pautas sobre cómo podemos cultivarla en nosotros mismos.
Este tipo de investigación nos ilustra cómo en el desenvolvimiento diario de nuestros niños y la interacción con sus padres en relación a las constantes gratificaciones inmediatas se vuelve en un estilo de comportamiento que a la larga influirá en su desarrollo personal, familiar, profesional y social.
Instruyendo a los hijos en la paciencia
Ahora bien, ¿cómo puedo enseñarle a mi niño las bondades de esperar por su gratificación?
Como padres, primero tenemos que entender que existirán momentos en los que, si bien podrías darle lo que requiere de forma inmediata, es mejor demorarnos en ello unos pocos minutos de manera de que gradualmente los niños se acostumbren a esperar.
Para ello, podríamos emplear un reloj para ejemplificarle de manera concreta cuanto tiempo deben esperar. Se les puede decir: «cuando la aguja del reloj llegue aquí (y se le señala) te daré lo que me estas pidiendo», Si el niño es muy impaciente, ofrécele algo en que pueda distraerse mientras espera de manera de cambiar su centro de atención.

Otra estrategia que podemos emplear es decirle al niño: «claro que te voy a dar eso pero primero vamos a hacer esto (otra actividad) rapidito, veras que es divertido, vamos corre (empleando siempre una actitud entusiasta de invitación a la actividad»; el simple hecho de que el niño sepa que va a lograr su objetivo pero que necesita cumplir con otras pautas es importante para desarrollar las esperas y a la vez, entender que con frecuencia hay que trabajar por lo que se desea.
Si el niño quiere que le compres un chocolate, tú como padre podrías dárselo de inmediato, pero en vez de asumir esa actitud complaciente puedes aprovechar la oportunidad y más bien buscar desarrollar en él la capacidad de esperar. Le puedes decir «Te voy a comprar el chocolate, pero que tal si primero me ayudas a terminar las compras y luego en casa te lo comes, mira es muy fácil léeme la lista y el primero que encuentre el producto gana»; de esta manera el niño distrae su atención del dulce y se concentra en otra situación. Así su espera no sólo se hace menos pesada, sino incluso divertida.
Para iniciar este tipo de entrenamiento es necesario que tengamos una actitud de apertura para lidiar y negociar con ellos, porque si no se volverá en una gran lucha de poder. Es necesario estar claro en el objetivo: ¿deseas callar al niño para que no siga molestando o quieres enseñarle las ventajas de la espera?
Pídele al niño que te mire a los ojos al momento de darle las directrices porque de esta manera sabrás que está prestando atención a tus instrucciones. De percibir que todavía no te presta atención, pídele amorosamente que te repita lo que acabas de decir.
Recuerda que no existe una receta de cómo criar a los hijos. Cada familia es una comunión de almas y lo que enseñamos a nuestros hijos es parte de lo que aprendemos constantemente acerca de nosotros mismos.
