¿Debo acudir al psicólogo?

Muchas son las interrogantes que se plantean acerca de cuándo ha llegado el momento para visitar al psicólogo, así como también son muchos son los paradigmas que nos frenan de buscar ayuda. Por lo general  cuando la crisis es demasiado grande para nuestro manejo es cuando recurrimos a la asistencia profesional.

Sin embargo muchas de estas crisis pueden prevenirse creando el hábito de cuidar la salud mental, y como parte del crecimiento personal. De esta forma, se podría disponer de mayores recursos y herramientas para poder enfrentar los desafíos a lo largo de la vida. Por esta razón, es importante derribar el tabú que representa en nuestra sociedad el reconocimiento de la necesidad de ir a un psicólogo.

Existen conceptos inherentes a la salud mental como la resiliencia o la inteligencia emocional – manejadas hoy en día por la psicología positivista – que no son del dominio público general, y resultan muy conveniente conocer y ser puestos en práctica bajo la tutela de un psicólogo, como una forma de aprender a manejar las emociones.

La negación de ir a un especialista en la salud mental puede venir de la errada idea popular que encuadra al paciente psicológico como alguien con trastornos mentales. Así, muchos rehúyen de la visita a consulta diciendo: «¿Yo? ¿Para qué? !Yo no estoy loco!», cuando en la realidad, el psicólogo no es el profesional que atiende problemas psiquiátricos que requieren intervención farmacológica. Para esos casos, los médicos psiquiatras o neurólogos son los profesionales más adecuados, aunque la familia y el propio paciente pueden ser apoyados por un psicólogo. Hay que dejar en claro que el paciente que acude al psicólogo, en su mayoría, es la persona promedio, de cualquier edad o género, que busca herramientas para resolver algún problema emocional.

Muchas personas postergan el acudir por ayuda profesional psicológica por confiar tener la «fortaleza» suficiente para resolver solos sus problemas. En este caso, la expresión común es: «nuestros problemas los resolvemos en casa», y con esa actitud, las personas se niegan la posibilidad de abrir sus opciones para lograr la resolución de sus conflictos, cerrando la puerta a la asistencia de un terapeuta que aporte ideas, estrategias, recursos, enfoques y herramientas para sobrellevar – y eventualmente superar – los pensamientos y emociones que les atormentan. Todos tenemos una sabiduría interior, producto de la experiencia en una vida llena de triunfos y errores, pero el psicólogo tiene la visión objetiva para comprender lo que ocurre detrás de los escenarios de nuestra mente, y entender el por qué reaccionamos y actuamos como actuamos,. Este conocimiento podría ser determinante para reparar y articular los mecanismos que lleven al paciente a la paz interior.

Sin embargo, es importante dejar claro dos principios básicos que debe conocer toda persona que considere recurrir a un psicólogo:

En primer lugar, el psicólogo NO es un gurú que conoce todas las respuestas a todos los problemas posibles en la vida. El psicólogo NO decide por el paciente sobre cómo debe afrontar su problema. La labor del psicólogo es la de orientar al paciente a encontrar su propia respuesta a su problema, de manera que esta solución sea propia y adecuada para lograr el equilibrio emocional perseguido para ese individuo en particular.  

Y, en segundo lugar, el paciente que acude al psicólogo debe estar dispuesto a mejorar su situación, lo cual empieza por reconocer que tiene un problema. Es frecuente ver a personas llevando a sus parejas o hijos a consulta contra la voluntad de éstos, o sin que ellos estén para nada convencidos de la necesidad de ir al especialista. En esos casos, es muy probable que todo el trabajo del psicólogo no funcione. Para poder cambiar, el paciente debe querer cambiar.

También hay que diferenciar que el psicólogo no es el equivalente a un amigo. Una persona de confianza, ajena al problema, puede darte su opinión de cómo resolver el problema, pero es muy probable que su consejo esté enmarcado en la forma como ese pariente o amigo resolvería el problema si estuviera en tu situación. Por ello, hay que enfatizar que el trabajo del psicólogo es ayudar a descubrir tus conflictos internos, evaluar la manera en la que afrontas los problemas del mundo en el que vives, y ayudarte a conseguir la respuesta que te ofrezca serenidad desde tu propia voz interior, acompañándote a descubrir el camino más conveniente para tu tranquilidad, y a encontrar la solución que mejor se parezca a tu forma de ser. A la final, las ideas vendrán de ti.

Ahora bien, ¿cuándo es el momento propicio para acudir al psicólogo? Usualmente se comete el error de esperar por un momento coyuntural, o que se presente un problema de conducta que comprometa nuestra funcionabilidad, y es común dilatar la visita hasta que ocurra una crisis y no existan opciones, o que sea impuesta por la necesidad e insistencia de un tercero. Empezar a trabajar desde este punto, es más difícil y doloroso, y los resultados se ven más a largo plazo que si se hubiera hecho el mantenimiento mental desde un principio, cuando se presentaron los primeros síntomas del problema conductual o emocional. Lamentablemente, se suele esperar a estar en un profundo estado de depresión o de ansiedad, por ejemplo, para acudir por ayuda. Se acude de forma más rápida al médico por una dolencia física que al psicólogo por un trastorno emocional, aunque las señales de que algo está mal en nuestra salud mental sean evidentes.

Es fundamental saber apreciar las señales de la existencia de un problema, y más importante aún, es necesario estar abierto a reconocer cuando el problema se escapa de nuestras manos. Allí encontraremos un indicio de que es el momento ideal para buscar una ayuda profesional.

El sentirse bien con uno mismo es el primer paso para que las relaciones de pareja, de familia o de trabajo funcionen, y muchas veces, los problemas que tenemos con la generalidad de las personas o con una en particular, son reflejos de nuestras propias actitudes y pensamientos, invisibles a nuestros ojos hasta ser descubiertas de la mano del terapeuta

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